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Hedor
Pere Maruny /31-03-2008
Pocos museos en el mundo dejan un impacto tan profundo en el alma como el Museo del Holocausto de Jerusalén. Uno sale de él recubierto por un manto de pestilencia humana que todo lo ahoga y que hace difícil ya no sólo el respirar, sino siquiera mirarle al Otro a la cara. Es un hedor que emana del principio de los tiempos y, al salir del edificio, uno tiene la certeza de que no morirá con nosotros, como no se lo llevaron a la tumba los seis millones de personas que lo sufrieron en sus carnes. Hay muchas palabras para nombrar este museo. De la memoria puede ser muy válido, pero a mi sale vomitar museo de la indecencia, museo de la asquerosidad o museo de la mierda humana. En él también hay lugar para los justos, es verdad, para quienes no se plegaron a los designios del poder, para quienes arriesgaron sus vidas para salvar las de otros seres humanos. Pero la podredumbre gana. El pestilente aliento de los malos nos arrastra en el mundo real y los justos, los valientes y los nobles de corazón que consiguen serlo en cualquier circunstancia, no son sino una pajita por la que entra una brisa de aire fresco dentro de la bola de estiércol que cae humanidad abajo.
Por el alargado y sobrio triángulo que es el edificio del museo, el visitante va zigzagueando de un vértice al otro durante quince años, los que transcurren desde 1933, año en que Hitler se alza con el poder en Alemania, hasta 1948, año de la creación del estado de Israel. Entre testimonios de la época, documentos y libros salvados de las piras nazis, uno va, lentamente, retrocediendo en el tiempo, hasta ponerse en la piel de esos millones de personas condenadas a dejar de
serlo por capricho de quienes mandan. El museo no escatima en detalles. No en vano la entrada no está permitida a menores de diez años. Las atrocidades cubren todas las épocas y todos los rangos, meticulosamente, conforme pasan los años. Uno entra entonces en las salas dedicadas al gueto de Varsovia. Por los auriculares, la afable voz femenina que acompaña al visitante explica lo inexplicable, a saber, el hacinamiento de cientos de miles de personas, el 30% de la población de entonces de la ciudad, en tan sólo el 2,4% del territorio que ocupaba; las enfermedades que de ello se derivaban; las hambrunas que sufrían sus habitantes. Describiendo cada objeto que hay en la sala, nuestra guía se detiene en una fotografía para comentarla: dos habitantes del gueto se encaraman a lo alto del muro que les separa del mundo para, con gran añoranza, observar cómo es la vida en el exterior.
Tengo que apretar el botón de pausa, estoy desorientado. Debe de ser el hedor de la humanidad que me acompaña desde que entré en este edificio. Tengo ganas, en mi mareo, de gritarle a la gente que está a mi lado. ¿Es que nadie ve que lo que esta señorita me está describiendo es lo que hoy se llama la Franja de Gaza? Pero no voy a decir aquello de que los israelíes son como los nazis, porque no es verdad. De Gaza no salen trenes llenos de palestinos hacia fábricas de exterminio diabólicamente planificadas. No. Los israelíes no son demonios. Los israelíes son, como todos nosotros, asquerosamente humanos.
Resulta fácil excusarse del horror detrás del otro: el malo siempre es Él. Pero cada otro es también un yo, y debe ser por eso que todos cargaremos, hasta el final, con este nauseabundo hedor que desprendemos los humanos.